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Este mes en revista GQ: El año que vivimos el Tsunami

El año que vivimos el tsunami

Dos periodistas españoles que vivieron 'in situ' aquellos días recuerdan para GQ una experiencia que ya jamás podrán olvidar.

El año que vivimos el tsunami
Por Ofelia de Pablo y Javier Zurita/ Foto: GTRESONLINE
La cristalera muestra un mar aparentemente sereno pero desde los televisores las alarmas no paran de avisar del tsunami, hay clientes que a toda costa quieren escapar del edificio pero les gritan que se queden dentro. “Fuera", afirman, "no hay posibilidad de sobrevivir si el tsunami es fuerte”. En ese momento el mar empieza a retirarse, parece una inmensa marea que lo absorbe todo hacia dentro. “¡Ya viene!”, gritan a nuestras espaldas. Pero alguien dice en alto que sólo será de un metro. ¡Respiramos! Una pequeña ola baña la bahía mientras a unos kilómetros al norte un tsunami de más de 15 metros arrasa todas las poblaciones costeras dejando un terrible balance de muertos.

Esa noche, poco a poco, llega la calma a Tokio. Todo el mundo en la ciudad se afana por mantener una serenidad pasmosa que para un europeo llega a ser delirante. El teléfono no funciona. Las líneas de metro están cortadas, los trenes están paralizados, las carreteras están bloqueadas y hasta han cerrado el aeropuerto. Pero milagrosamente hay internet. Escenas escalofriantes en internet muestran el impacto en el norte, en cambio Tokio parece que no había sufrido el mismo terremoto, hasta en el hotel comienzan a servir las cenas.

España comienza en ese momento a despertar y las televisiones, radios y prensa quieren testimonios directos. Aturdidos contestamos preguntas y montamos un vídeo con las imágenes del terremoto. Sin saber cómo se hicieron casi las cuatro de la mañana. Decidimos dormir un poco pero media hora después otra enorme sacudida nos pone en el pasillo. La mente se derrumba y la tensión de tantas horas hace que te crispes. Decidimos dormir vestidos esa noche.

Por la mañana el vestíbulo amanece repleto de gente que había dormido en mantas arrebujados unos con otros en los sillones. Bajamos a la calle y en el metro los considerables daños han cortado numerosas líneas. Ya funcionan las del centro. Paneles por todas partes anuncian cortes por terremoto, la gente lleva el casco puesto y las aglomeraciones en los pocos vagones son claustrofóbicas. Las réplicas constantes del terremoto dentro de los vagones son terribles.

Queremos recoger los testimonios de la gente en primera persona: “Creía que iba a morir", comenta Yumiko. "Pero mi compañero ha seguido tecleando el ordenador mientras el suelo se movía”. Niroko señala: “Estaba en el restaurante cuando todas las lámparas gigantes de cristal empezaron a temblar y a caerse al suelo con gran estrépito. Yo nací en Japón pero nunca había vivido nada semejante. Los clientes comenzaron a gritar asustados. El jefe del restaurante les ordenó a todos que se metieran debajo de las mesas. Nosotros intentamos seguirles pero las sacudidas aumentaron y ya no pudimos hacer nada más que tirarnos al suelo y esperar. Fue interminable”.

Masuri, una camarera japonesa de un local nos cuenta: “La segunda sacudida me alcanzó cuando nos reunieron a todos en la sala del personal. Aquí se vivieron las escenas más dramáticas porque la gente estaba muy nerviosa y estallaron en lágrimas. Nadie sabía si el edificio aguantaría. Estábamos a 30 plantas del suelo". Una falsa tranquilidad envuelve 15 horas después a la ciudad pero los daños que ha sufrido la Central Nuclear de Fukushima durante el terremoto comienzan a alarmar a la población. Uno tras otro los reactores comienzan a fallar. La amenaza nuclear se ha convertido en un fantasma muy real y las temidas fugas radioactivas han comenzado a aparecer.

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